Mi mirada se alza fugazmente por encima de aquel artilugio, el mismo que durante hacía ya bastante tiempo me tenía atrapado. Podía huir, correr por las estrechas y angostas calles de la antigua “Vegueta”, pero era inútil, era prisionero. Desde hace algo más de 10 años, nunca me detengo, no siento hambre ni sed; el cansancio físico ahora sólo es un vago recuerdo. Día tras día recorro las mismas calles, guiado por la fuerza maléfica que emana de aquel artefacto maligno. Siempre igual, cada día, a la misma hora, como una orden interna emitida por cualquier desquiciado, que me convertía casi en un autómata, repitiendo, incansablemente paso a paso la soporífera y repetitiva marcha monótona. Mi recorrido empieza al abrir aquella desgastada puerta de madera de pino carcomida y, ando, camino, observo, respiro, disfruto de la cálida brisa…no nada de eso, corro, me apresuro, omito la respiración, olvido el paisaje, solo un pensamiento constante en mis meninges, el de palpar aquél frío metálico desvirgado de toda alma y vida.
Llegué a mi destino. Un pequeño bar donde me esperaba mi adicción, mi perdición, todo lo que hacía que la vida hubiera perdido ya su sentido y yo no fuera más que su títere, que al entrar al pequeño barecillo, deslizara una tras otra monedas de euro durante unas tres horas y me detuviera únicamente para cambiar billetes por metal circular que pudiera introducir por la rendija que no hacía más que tragarse poco a poco e irónicamente a gran velocidad, todo por lo que un tiempo atrás decidí sacrificarme.
Tras el cierre del garito, y sin variar un ápice mis costumbres, acudía a por mi chute de cualquier bazofia que encontrara, desde “coca”, a “speed” pasando por la “maria”. Todo esto me destruía por dentro y acababa con los recursos de mi ya indiferente familia, a la cual no dudaba en expoliar de sus recursos y ante cualquier negativa, llegaba incluso a la agresión.
Ya, y muy a mi pesar, estaba perdido. No había nada que me detuviera; ¿acaso hubo alguna vez algo que me lo impidiera? No, ni familia, ni esposa, ni siquiera mis hijos fueron un freno para mi frenesí de juego y excesos, si, excesos, que se mezclaban en una vorágine imparable con drogas y alcohol, algunas veces, pero sobre todo juego. Un juego venenoso, fatídico y mortífero que cada vez en mayor medida, me corroía por dentro.
Mi cara, ya era bastante conocida entre muchos de los policías de Las Palmas de Gran Canaria, isla que me vio nacer y que, como un espectador mudo, asistía a mi lúgubre final. Era ya algo frecuente que los juzgados de esa mi isla me acogieran en más de una ocasión. Habitualmente por infracciones y faltas de poca monta (hurtos generalmente).
Con motivo de una de las múltiples sentencias, estaba citado a declarar ante el juez y ante eso, solo un humilde abogado de oficio que, sinceramente, en este caso pocas opciones tenía de alzarse con mi absolución.
La sentencia era clara: “Incompetente por problemas de tipo psicológico”. Tras aquél fallo, que no era el primero en mi contra, me invadió un terrible escalofrío que recorrió como si de una autopista se tratara mi espinazo. La desilusión en aquel momento se cebaba de forma perversa y execrable de mi persona, un individuo que anonadado y confundido miraba a ninguna parte.
Entonces, el letrado, que aún permanecía a mi lado, susurró a mi oído que se había llegado a la conclusión de que padecía la conocida como ludopatía. Aquél comentario espantó repentinamente mi ensimismamiento, y a pesar de mi desconocimiento de aquél término, no auguraba nada bueno para mis intereses. De hecho, no tardé en comprobarlo y 24 horas después de aquel día de incertidumbre, me encontraba recostado en lo que al parecer era una tumbona barata de un psicólogo cualquiera. Lo primero que oí es que daba positivo al examen “Gamblers Anonymous” (20 preguntas que determinan si eres ludópata). A mi todo eso no me importaba un ápice, y a mi modo de ver eran menudencias, que me producían una gran ansiedad debido a que mi idea de arriesgar y apostar aquel día en el Gran Casino Costa Meloneras se estaba yendo al traste. Las siguientes cuestiones, las respondí con gran rapidez, y tras dos horas de afirmaciones y sencillas preguntas, el psicoanalista dio por terminada la sesión.
La siguiente semana, se convirtió de nuevo en rutina, una rutina distinta, pero al fin de al cabo, se repetía la historia.
Por la mañana abrir la descascarillada puerta de madera de pino, pasar consulta, y de nuevo a la tragaperras eso entre semana, y si era fin de semana, aún mejor, porque sin duda eran días señalados en los que el local que yo frecuentaba decidía cerrar y no me quedaba otra opción que la del casino, que no llegaba a entender por qué, pero la sensación no era tan placentera.
El dinero se acababa, y el frenesí y desenfreno continuado seguía día y noche, sin pausa, sin descanso, siguiendo y permaneciendo. Pero cada vez las dificultades de esa monótona marcha cotidiana se hacían mayores, y facturas e impagos se acumulaban en un buzón que yo, ni recordaba tener.
Un sábado, en el que decidí satisfacer mi obsesión por internet en una de las múltiples casas de apuestas y riesgo, el timbre sonó. Escruté el panorama que se avistaba tras la mirilla y lo único que vi fue a dos hombres muy trajeados con lo que parecía ser una orden de desahucio. El pánico se apoderaba de mí, y entonces intenté recordar cuanto tiempo hacía que no abonaba el importe de mis atrasos. Reflexioné e intente rememorar la última vez que había declarado a hacienda. Sin duda esto debía ocurrir.
Así, en escasos minutos, una familia se había quedado sin hogar. Dos chiquillos, que aún debían crecer mucho para llegar a la mayoría de edad, una mujer depresiva y yo. Un ser atolondrado y mentecato, que no era capaz de asimilar lo que acababa de ocurrir, simplemente una especulación pasaba por mi cabeza, era una consideración a la que no hallaba solución y eso me ponía de los nervios. Solo tenía 10 euros.
Con mis 10 euros y la esperanza de doblar esa cantidad en poco tiempo, me dirigí como ya me era costumbre al local que tenía sede en la antigua “Vegueta”. Por fin me encontraba allí, en mi santuario, en el lugar en el que mi sed de diversión era saciada y donde, realmente, yo me sentía a gusto. Amaba aquella máquina, su tacto, su sonido, sus luces parpadeantes, su dinámica… me sentía completo al tocarla. Solo el rozarla era como estar en la utopía, era paraíso, era paz y felicidad. Mi mirada escrutó el local en busca de mi amada, y…un hueco vacío, un malogrado espacio que suplicaba lo que era suyo. Mi cara se arrugó, aquel inoportuno contratiempo colapsaba mi escasa paciencia. Una mueca de enfado se hizo visible en mi, estaba encolerizado, cargado de una enorme ira que desde luego sabía contra quien iría dirigida. Fui hacia una mujer de mediana edad y gesto alegre, que de repente sin saber como, se encontraba frente a mí. Podía observar mi rostro demacrado, marcado de una insana obsesión que me perseguía, y podía olerme, sentir mi sudor que caía sobre mi frente en forma de finísimas gotas que se hacían visibles a través de mi epidermis. Pero sobre todo, sabía el motivo de que estuviera frente a ella. Lo único que dijo fue “Debido a ciertos problemas ha tenido que ser retirada de este bar la máquina recreativa de tipo B que se encontraba en el rincón colindante al servicio.”
Rojo como un demonio, empecé a ladrar en dirección a la dueña del local sobre el por qué de esos problemas. Había montado en cólera, y estaba a punto de agredir a aquella mujer. La cual en un finísimo tono de voz, lo único que pudo alegar fue que no podía vivir más viendo agonizar a un ser humano todos los días junto a ella.
Visiblemente nervioso y angustiado, gasté todo lo que tenía en unos gramos que rápidamente fueran aspirados y que en cierto modo, consiguieron calmarme.
Pasaron los efectos y el desasosiego volvió a mí. Por parte de la sociedad solo encontraba sacrificio, por la de mi familia achaques. Estaba solo en un infierno, en un vacío…en un sin sentido. Ya no tenía razón de ser, mi paso por ese despreciable y disparatado mundo acababa.
Subí, escalé y trepé por aquel largo edificio adosado, subí a la azotea y mire hacia abajo. Me despedí, lloré, reí, pedí perdón por muchas cosas y me deje caer, no sin antes pensar que nadie echaría de menos a un varón de mediana edad con problemas psicológicos, de drogadicción y necesidad de juego compulsivo. No, nadie me había ofrecido una oportunidad.
“Homo homini lupus” (el hombre es un lobo para el propio hombre).
Desde el limbo, el cielo o reencarnado en un árbol, escribo este corto relato, que refleja una realidad oculta al burgués pero no por ello incierta.
El hombre es una caña, la más débil de la naturaleza; pero es una pensante.
¿Sigue aún la ley del más fuerte?
Nota: Antes que nada, aclarar el título, que no es más que una comparación entre la perdición que suponía según las antiguas leyendas, los cantos de las sirenas a los marineros, con la desgracia que supone hoy para mucha gente el “canto” de las tragaperras.
Lo que pretendo con este texto es hacer reflexionar al lector sobre la situación de muchas personas en nuestra sociedad. Que solas, tristes, o simplemente con problemas se hunden ellos mismos sin que nadie haga nada por remediarlo. Es una realidad a la que muchas veces se hace oídos sordos, y que mi única intención ha sido la de plantear si es debido a la idea de que el más fuerte y capacitado es el que debe prevalecer.