Tiene el pelo corto y moreno, pero lo suficientemente largo para que mis dedos puedan entrelazarse y juguetear con él, acompañando ese beso esponjoso que estos labios gruesos brindan a su boca perfilada y dulce que responde a mi ofrenda.
Sus ojitos marrones están cerrados y los míos de vez en cuando vigilan y confirman que quien estoy besando es quien quiero besar.
Su naricita pequeña se roza con la punta de la mía cuando variamos el gesto y cruzamos nuestras cabezas para el otro lado.
Sus brazos delgados y marcados, reposan sobre mis hombros y con las manos, forman caracolillos en mi nuca. De vez en cuando índice y pulgar, escuálidos, alargados y suaves, acarician con cariño el lóbulo de mi oreja erizando mi vello y estremeciendo mi piel.
Los vientres unidos por la presión de mis brazos rodeando su cintura, comparten calor. Sus pechos y mi pecho están cerca y quizás acierten a tocarse en un juego de subidas y bajadas, bailando al ritmo del latir de nuestros corazones.
Sus piernas son largas y torneadas, delgadas como ella. Bonitas, muy bonitas.
Aún permanecemos ahí, de pie, besándonos.
