Pasaron muchos, muchísimos años, pero por fin la muchacha se hizo mujer.
Durante largo tiempo gusto del traspaso del puente existente entre la adolescencia y la madurez plena. Así como si nada, abandonada a las veleidades, las fantasías, los entretenimientos. Un día, definitivamente cruzó la orilla y sin saberlo ya nunca más podría retornar al puente y campar a sus anchas por él, quizás si, recordarlo de vez en cuando con melancolía. Ahora, ya era adulta, y las responsabilidades no eran juegos sino verdades.
A Laura no le gustaba sentirse grande, odiaba que el puente que en su niñez de vez en cuando se abría y le dejaba entrever el mundo de los mayores, en la actualidad estuviera vedado y no permitiera regreso posible. Laura pensaba y meditaba, tiritaba a veces de miedo al ver que el retorno al pasado estaba prohibido. Como mujer o ser humano solo tenía la posibilidad de escribir, de imaginar, de producir en su interior el traqueteo de sus recuerdos cuyo sonido a antaño al revolverse y chocar las distintas vivencias entre ellas producían en la chica un gozo casi orgásmico ya que, desgraciadamente, solo eran elucubraciones que duraban instantes apenas.
Así pues, nuestra protagonista decidió que sería una buena idea escribir algo bueno y relajante. Con un aplomo fuera de lo común, se sentó, observo su diminuto y acogedor estudio y arrancó quizás con rabia o quizás con deseo una hoja de papel de un cuaderno algo antiguo ya. Aquel trozo blanco de papel parecía arder en deseos de ver fluir sobre él litros de tinta, no obstante Laura no dejaba escapar de su bolígrafo ni una gota de la en este caso azulada sustancia. La chica sufría el síndrome del papel en blanco. Había tenido el arrojo de sentarse sola frente a un folio, desgraciadamente el inmenso desierto blanco que era el folio, le había vencido. Pensaba, recordaba, golpeteaba nerviosamente su pie derecho como intentando agujerear el suelo, pero nada, no sabía que escribir.
De repente, sin previo aviso, un mosquito de enormes dimensiones se planto frente a su ventana. Era un mosquito seguramente de dieciocho metros de longitud poseía un pico capaz de succionar por entero la sangre de cualquier ser humano y en su mirada se adivinaba hambre y enojo.
Laura, nuestra protagonista, sorprendida por la aparición repentina del mosquito, y por sus enormes dimensiones, se levantó aterrada de su silla. Esta reacción, al instante fue sustituida por una amplia sonrisa y posteriormente por una gran risotada. El majestuoso mosquito chocaba ahora furioso contra el cristal de la ventana.
Laura cogió el trozo de papel que había arrancado de la libreta e hizo una bola de papel que tiró a la basura. Seguidamente se incorporó levantándose rápidamente de su silla y mirando por última vez al mosquito que había tras el cristal de la ventana. La chica salió del estudio con lágrimas de alegría en los ojos. Era increíble, el puente hacia la juventud antes prohibido a su persona de forma tajante, le había concedido la oportunidad de traspasarlo una vez más.
