Este escrito/ supuesto lo escribo pensando en uno de mis mejores amigos. Una persona con la que he paso mucho tiempo y que ahora de buenas a primeras se va lejos, muy lejos.
A Francisco Surin me lo encontré en la Sala Vip de Barajas un 22 de enero. Justo ese día de un año ahora ya pretérito, decidió el destino que nuestro tiempo había llegado ya a su ocaso. El, dejaba el archipiélago Canario y volaba muy lejos, hacia la incertidumbre quizás.
Después de tantos años, yo iba a coger un avión con destino Chile, él, creo que iba de nuevo hacia su Argentina natal tras haber pasado unos días de vacaciones en España, lo cierto es que no lo recuerdo, quizás ni me lo dijo.
Sin duda, el reencuentro de ambos fue un guiño del caprichoso e impenetrable azar.
Un amigo de la infancia que emerge de modo insospechado supone un aliciente distinto de cualquier otro, porque la infancia es un territorio común que marca el origen de las personas, probablemente el único que contiene el suelo de una misma pertenencia.
Nada une más que ese territorio, que ese suelo, ya que de una misteriosa unión, de lo que mejor contiene pedazos compartibles, emociones paralelas, miradas primigenias.
Primeramente lo observé, merodeé a su alrededor como un sabueso indeciso, el Fran de mi infancia tenía los mismos ojos verdes, menos acuosos, y esa indigencia que explica mejor que nada su orfandad, quiero decir que mi amigo era un niño meditabundo, de mirada y pensamientos en muchas ocasiones escondidos, de energía retenida.
¿Fran…? inquirí no con mucha confianza. Él, alzó su mirada y levantó levemente el vaso de whisky que portaba en su mano izquierda. Me miraba extrañado, intentando quizás introducirse dentro de mi, sus ojos estaban fijos en los míos. ¿Yérman…? -dijo al fin.
¡Si!, dije yo, ¡el mismo!
Ahí, en ese punto de reconocimiento mutuo, antes de abrazarse nuestras almas, existió un instante de vergüenza, vergüenza efímera, enseguida desapareció.
Charle con Fran animosamente, empujado por la curiosidad. ¡Ya tenía mujer! ¡Y un hijo!
¡Como el pibe de la cara odiosa -chilló sin previo aviso- yo, con un whisky ya en mi mano, imitando la elección del que ahora volvía a ser mi hermano, reí compulsivamente, mostrando toda mi dentadura. Hacia años que no reía así…y ¡Mapache! -dije yo ahora. Fran rió, su rostro se seguía poniendo colorado como antaño.
La sala en la que nos encontrábamos no era gran cosa, es más, no era la única o la más lujosa del aeropuerto, el aeropuerto si quiera era el mejor existente, los había más grandes, mejores.
Esto no importaba ahora, el mundo era grande, pero nosotros nos rencontrábamos, estábamos seguros de nuevo, nada nos amedrentaba, como en el pasado cuando nuestro mayor temor era justamente el enorme y vasto camino del destino.
Comprendido esto, brindamos nuestras copas del mejor whisky, el de la amistad inquebrantable.
Fran: La persona con la que pase momentos malos, eso si, siempre juntos. Sin duda, me quedo con los otros momentos, con los increíbles, con el paso de 3 años y medio increibles, y quizás como en la historia, un día lo vuelva a ver, en un giro inesperado, quién sabe, quien sabe…
