Estaban los chicos pensando, meditabundos, en busca de una historia de ficción, y ahí, sobre sus cabezas andaban las palomas en bandadas, volando en un bucle interminable, de arriba abajo, levantando el vuelo y cayendo en picado a los pocos segundos. La mayoría de estas aves posee un plumaje color negro, algunas gozan de motitas, manchas blancas. Las menos, tienen un color de un marrón suave, de una tonalidad pastel, agradable.
A veces se las veía aleteando, como furiosas, y así, igual de rápido que aparecían, desaparecían, se colaban entre los huecos lineales, irregulares en cuanto a su tamaño. Se perdían por entre los edificios.
Aún así, se sabe que andan, o mejor dicho, planean cerca, su ruidoso gorgojeo se sigue oyendo. Desaparece. Al instante reaparece.
Emergiendo de lo más profundo del Eolo, del mar viento. Intrépidas por el aire, en vuelo riguroso, todas aleteando enfervecidas, suspendidas gracias a lo monótono del ejercicio.
Una vez más volvían, como empujadas por poderosas corrientes tras ascender a decrecer, pudiera ser que chocaran de manera terrible contra el duro suelo, pero no, no bajaban tanto.
Los alados animalillos se pierden no por los trazos encapotados del azul cielo, sino entre las moles de cemento y hormigón citadas ya anteriormente. Así, una vez tras otra, de forma impulsiva hasta el infinito quizás, no lo sé.
